Era Matías uno de los que más fervor popular tenía singularidad de sus soliloquios. Por lo bajito de cuerpo, con bigote prusiano, mascota, sin faltarle la corbata respetuosa y diferencial y durante los mínimos rigores del invierno el gabán comando; portando en su solapa clavel reventón y transportándose al manicomio que era su hogar en lustroso coche de caballos.

«Y dice Matías», era el prefacio para iniciarse en una historia absurda con puntilla de humor y rematado siempre en mano llevada a la boca produciendo el fin de su historieta poniéndole fin con zapatazo segarrero.

Sus podiums siempre estuvieron en el centro de la ciudad, calle Nueva Compañía, de las historietas que este hombre que había sido sargento de La Legión y que presumía de cartearse con el general Franco extraemos una de las más significativas. Plantado ante uno de los ventanales con cierre de los muchos existentes, atalayaba la imaginaria doncella e iniciaba su diálogo: «Niña échame una aguja para coserme el botón porque se me ha caído y para que no se pierda pínchala en un bollo y para que no se oxide por el camino échale una ‘mijita’ de aceite» o aquella otra que entraba en lo paradójico del lenguaje jugando con la cama y la cómoda: «por qué a la cama le llaman cama y a la cómoda le llaman cómoda, siendo la cama más cómoda que la cómoda».

Matías aparece en algunos textos costumbristas malagueños como uno de los majaras más ilustres y cultos. Su risa y zapatazos quedaron aprisionados para siempre cuando sus chistes y anécdotas quedaron prisioneros de una gran depresión seguida de muerte.

El periódico de la época se hizo cargo de anunciar a sus numerosos admiradores su muerte y las calles gimieron porque ya no sentían el fuerte pisar del provocador de la risa.

Galería de Ilustres Majaras, Guillermo lópez Vera